jueves, 7 de noviembre de 2019

Desde aquel día



Por: María Emilia Fuentes Burgos.

Desde aquel día,
en que el roce de tu piel sentí en mi mano
suave llama levantó mi pasión
y trepando violenta invadió mi corazón,
desde aquel día.
Tersa piel apenas en ciernes, pausado
escudriñaba profundidades latentes
y con fuegos nacidos del adentro
se consumaba rito apasionado desigual.
Desde ese día,
enamorada, feliz surcaba ese mundo,
mi piel era tu piel, tus sueños eran los míos
navegaba en barca tierna y juvenil, ¡tan tuya!
Que aprendí que todo es primavera,
satisfecha, alucinados mis sentidos vivía
alborotada ensoñación.
Quemante luz, desde aquel día.

Trastocase de pronto la ilusión, un día
¿Volvías a enjugar mis lágrimas amorosas?
¿O asomabas por otro nuevo coche?
La luna miraba mis desvelos
acongojada mecía anocheceres
que transcurrían inexorables, solitarios
¡Ausentes del mirar de tus ojos color cielo!
¡Fatal destino!
Deshojó mi cuerpo y mi pasión descontrolada,
consumidos mis suspiros y mis estancias
regaladas a las sombras.
¿Seguirán las noches sin estrellas
que alumbren y sacudan la agonía
de tu piel de tu estilo e inexperiencia?

Quiero percibir amores verdaderos que borren
para siempre tus huellas licenciosas
Saber que existe el sol con rayos luminosos
que aviven este cuerpo, impávido
a sentimientos amorosos
y de largos inviernos, tachonado.




2019-06-20

CHILE.


Suspiros radicados en el olvido


   
Autora: María Emilia Fuentes Burgos.

Con suspiros mustios radicados…
¿En el olvido?
Con el alma liberada restañar heridas,  
anhelante de sencillos y joviales tiempos.
Vislumbrar futuras madrugadas
con el resurgir de mieles en resecos labios
que abren candorosos a gentilezas amorosas nuevas.
Aspirar compartir la vida entera con este florecido amor,
confiado, intenso en total entrega, con esperanzas
surgidas al declinar mis atardeceres de existencia.
Venido en torbellino a remover lacerantes congojas.
Abanicos de colores tronarán los aires.
Instando…
A seguir huellas de ternuras inesperadas,
exuberantes y frescas en brazos almibarados
de agasajos que amarán coqueteando en mí regazo.
¡Opacando de la faz por siempre los recuerdos dolientes!
Arco iris naciente y vigoroso reflejado en ardientes pupilas.
Invitando…
Con pasión seductora a arañar sentidos adormilados,
trastornada percibo dulces melodías, con rendición que arrebata,
prodigada, desnuda, acojo con suspiros agitados…,
¡Flamante éxtasis de amor admitido!





 Temuco 31-08-2013-CHILE   


lunes, 21 de octubre de 2019

CAMINOS POLVORIENTOS


 Por: María Emilia Fuentes Burgos.

Por esos caminos polvorientos, de la montaña a la costa
tras la huella de la carreta va el campesino sin tiempo,  
su mano renegrida tantea su rostro curtido
que agrietado le riñe, su chupalla raída, deslice.
Garrocha al hombro asegura, para atizar sus rumiantes…
  ¡Cholito y Colorado! los anima de tiempo en tiempo
con aguardentosa voz impregnada de tristezas recónditas
Sus ojotas ya le pesan, por las millas recorridas,
mas, sin cejar maniobra el curso en ese espacio confuso.
Su corazón oprimido, en nebulosa expectativa
por la amada que carga adentro, entre sacos y chamantos.
Mujercita candorosa, que alberga un fruto en su vientre
sollozante ruega en silencio encuentren pronto refugio.
Los gemidos se confunden en oscura polvareda
los dolores son intensos y están solos en la cuesta
abajo, junto al río, fluye la alegría del mundo.
Apura, el carretero los bueyes y el carromato zarandea
el malestar ya sofoca y desprende los adentros.
Tarde noche se divisa…
Un desmayado cuerpo, en brazos de atormentado varón
que con lágrimas en los ojos despotrica mirando al cielo.
Su amada con su ilusión, no alcanzaron pretendido asilo.


CHILE.
2019-10-22


viernes, 18 de octubre de 2019

CARAVANA GATUNA (Relato)


              
Por: María Emilia Fuentes Burgos.       

Eran tiempos difíciles para los habitantes de la “Ciudad Gatuna”. La vida se había tornado insoportable por las agotadoras jornadas de trabajo y sin la remuneración adecuada, lo que llevó a algunos habitantes, más listos, a mirar con ojos inteligentes un proyecto bastante ambicioso que se gestaba bajo cuerda y a tomar decisiones arriesgadas en beneficio de la población. Las historias que contaban los gatos  trotamundos que desfilaban por la localidad, eran atrayentes, demasiado atrayentes y fueron tomando fuerza día a día haciendo que el fallo final saltara a la luz, positivamente; marcharían con sus familias por la comarca entre montañas hasta encontrar ese lugar secreto, que mencionaban, donde reinaba la armonía y la abundancia de alimentos: “La ciudad de las maravillas”. Ya era tiempo de recorrer  otros mundos en beneficio de sus integrantes multiplicados con rapidez sin mucho pretenderlo y su mantención cada día más complicada.
   La caravana de treinta animosas familias gatunas, avanzaba sin dificultad por el  camino paralelo al río donde aprovechaban de atrapar lo que saliera a su paso para saciar sus estómagos. Transcurridas unas semanas ya vislumbraron el sendero adyacente a las montañas que los llevaría a la cumbre. De vez en cuando miraban a sus espaldas y veían como desaparecía la ciudad “Gatuna” que los albergó por tanto años en extenuantes jornadas que ahora querían olvidar. Acompañados en su marcha de bellos recuerdos asomados por resquicios de su memoria, de tiempos, otrora, llenos de regalías brindadas por los acaudalados señores “Gatunos”, dueños de esos terrenos y que sin embargo con el pasar de los años al estrecharse los espacios se convirtieron en terrenos fastidiosos para laborar. La única opción para todos los gatos de la comarca, era cruzar el río para trabajar vigorosamente eliminando ratas y toda clase de bichos en los campos de los gobernantes “Gatunos” por un salario indigno, de nada servían sus años de estudios.

Atentos a todo lo que les ofrecía la naturaleza, los gatos jóvenes caminaban confiados,   con sus orejas alertas, abrían y cerraban la marcha con paso mesurado pensando en los ancianos y niños. Sin dudar empujaban sus carretillas atestadas de bártulos. Descansaban donde el manto de la noche los envolviera. El minino cocinero rápidamente entregaba los alimentos en forma equitativa, cuidando que los pequeños llenaran sus estómagos. Así estaban organizados en su pueblo y así continuarían.
   Todos con una pena en sus enjutos cuerpos, pero siempre con la esperanza de reunirse algún día con los que quedaron atrás.
   Cada familia constaba con numerosos integrantes, solamente una, estaba constituida por dos gatos, don Gilberto y su hijo Gustavo, estaba claro para el grupo, no obstante, en la noche ese toldo cubría a cuatro viajeros. Dos lindos mininos aparecían de entre los cachivaches a los que don Gilberto mimaba y cuidaba con celo. Vigilaba de no ser descubierto, poniendo como escudo una actitud áspera, con mirada huraña de pocos amigos que alejaba al más osado. Su hijo Gustavo, profesor de inglés, con aire distinguido y buena pinta era el responsable de custodiar el hogar ante la opinión de las familias gatunas para cualquier eventualidad.
   Extenuantes jornadas hacían otear el horizonte, ilusionados de encontrar pronto el secreto lugar: “La ciudad de las maravillas”. Al llegar a la cúspide del gigantesco macizo observaron la zona y se sintieron ahogados por un sinfín de cumbres nevadas, sin embargo, en la lejanía se divisaba una mancha amarilla. Al seguir con la mirada el curso del río, que serpenteaba por la cuesta, pudieron ver que desembocaba al costado de la mancha amarilla, junto a un gran poblado, coloreado de amarillo por las gigantescas e incontables flores de maravillas (o girasoles). Sus corazones saltaron gozosos ante la posibilidad de haber encontrado la nueva ciudad gatuna que ampliaba la ilusión de hallar algún pariente. No obstante, bastó un segundo para darse cuenta que sus habitantes… ¡¡¡No eran gatunos!!! Se veían muchísimos pobladores perrunos corriendo por todos lados junto a liebres y conejos. Los mininos quedaron muy preocupados. ¡Qué haremos ahora, fuimos engañados! gritaron a coro. —Ellos no tenían experiencia en otra clase de convivencia que no fuera ¡La gatuna!
Calma, calma, habrá que hacer un reconocimiento, saber bien a qué nos enfrentamos, por ahora descansen. dijo el joven gato Gustavo, con espíritu resuelto. He invitó a diez compañeros para descender.    
   Enormes girasoles orientaron a los personajes a la periferia de la ciudad donde divisaron un cartel instalado como portal que decía: “La ciudad de las Maravillas. Luego hallaron una familia Perruna y otra Conejuna que trabajaban en la construcción de una casa. Estos, corrieron a saludarlos con actitud amable sin dejar pasar el cansancio que se dibujaba en sus rostros. El joven gato Gustavo con prudencia proporcionó los datos solicitados. Finalizada la reunión, don Conejo Mayor mandó a buscar a los viajeros y solícito llevó a Gustavo a una bodega abandonada cerca del río, río abundante de peces donde la comida estaría a su disposición. 
   Cuando la caravana gatuna llegó al lugar la bienvenida fue apoteósica, “La ciudad de las Maravillas” brillaba por multitud de vecinos cargados con alimentos que ofrecieron en mesas dispuestas en la bodega que servía de depósito para fardos de paja, blandos y abrigados que también podrían usar para dormir; agradecidos se abrazaban todos con todos. Encontrarse con la familia Perruna y Conejuna era lo mejor que les podía haber pasado. En esa ciudad reinaba el compañerismo.

El tiempo transcurría con total armonía. Con su oficio o profesión que pronto comenzaron a ejercer los integrantes de las familias gatunas, la ciudad prosperaba más aún; nuevos trabajadores que habían caído del cielo. Solamente el viejo gato Gilberto y su joven hijo profesor no trabajaban, aunque a Gustavo se le había ofrecido un cupo en el colegio; el consejo gatuno estaba preocupado y pensaba mandarlos de vuelta o a otro lugar que aceptara sus flojeras.
   Don Gilberto desde el portón daba una ojeada a la vecindad. Pronto se enteró que su vecina, dueña de una gran casa-quinta, era la gata Galinda y su hija Lupita, hermosa y delicada gatita que era un primor. No obstante, don Gilberto siempre con mirada huraña y ceño fruncido guardaba distancia. Desde la otra esquina la gata Galinda lo observaba y corría para saludar, pero don Gilberto rápidamente cerraba el portón, aunque por dentro suspiraba por ella. Galinda ahí quedaba con sus intenciones al viento. Pero ese par de mininas no se amilanaban y urdían cómo acercarse a ese par de gatos tan parcos y más…, con ese joven fino y educado, hum…, que a Lupita cautivaba, con su terno gris y con ese par de mostachos que lucía con garbo.
   Urdieron llevar una cesta con frutas, pescado y leche a una hora puntual. Antes de mediodía cuidadosamente dejaban en el portón la pequeña cesta, esperanzadas que uno de los dos la encontrara, aunque lo dudaban, porque ese par de mininos eran muy orgullosos. Curiosamente la cesta desaparecía. Un día ellas se retrasaron y grande fue su sorpresa al encontrar en el portón al viejo gato Gilberto, asustado por no encontrar su canasta. Al verlas obligadamente tuvo que saludarlas al tomar la canasta y agradecer, en ese momento sucedió algo que favoreció el anhelo de las gatitas, se escuchó un gran golpe y exclamaciones que hizo a don Gilberto salir corriendo; ellas sin perder un segundo lo siguieron hasta encontrarlo en la cocina con un mininito en brazos al que hablaba dulcemente, ellas quedaron asombradas por la ternura demostrada por ese personaje tan antisocial. 
   El gato Gilberto las invitó a sentarse y les presentó a sus dos hijitos, Juanín, que se había caído del camastro, ciego de nacimiento y luego sacó otro minino de entre sus trastos, sin sus antebrazos, Joselito. Don Gilberto decidió contarles su historia. Las gatas se acomodaron para escuchar, sobrecogidas por lo que tenían ante sus ojos.
   Mientras acariciaba a sus hijitos comenzó su historia un poco confundido:
   —El accidente sucedió seis días antes de abandonar la “Ciudad Gatuna”. Fui a cobrar mi dinero que serviría para el viaje, acompañado de mi mujer y Joselito.
   —Tragó saliva y continuó:
   —Como era día de pago los gatos jornaleros cabizbajos formaban una larga fila. Joselito correteaba por ahí, de pronto escuché gritos desesperados. Mi mujer corrió y encontró a Joselito cautivo de sus brazos por el pesado fierro de la trampa para cazar ratas conteniendo grandes trozos de queso, tentación para cualquiera que no supiera. —expresó.
   —¡Ay Virgen Santa! —gritaron Galinda y Lupita—. ¿Y?  
   —Raudamente mi mujer se abalanzó para socorrerlo, mas, fue imposible ya que en segundos cayó otro fierro que la dejó sin vida, logré sacar a Joselito y correr al curandero que lo medicinó y vendó las heridas. Sin poder evitar amputar hasta el codo.
   —¡OH, pobrecito, Joselito con tanto dolor y sin mamá!, qué cosa tan espantosa don Gilberto. —exclamaron las dos gatas casi llorando—. Don Gilberto siguió abriendo su corazón atormentado:
   —Fue muy difícil tomar la decisión de hacer el viaje, ya que el compromiso con el consejo Gatuno fue que viajarían gatos saludables, que no dieran preocupaciones en el camino, ni donde fuéramos a establecernos.
   —Pero mi hijo Gustavo no era merecedor de seguir de jornalero con su título de profesor recién en su poder, eso marcó la diferencia y empacamos los utensilios necesarios, en cajas grandes ocultamos a Juanín y a Joselito con sus heridas, ahora con Gustavo, nos turnamos para que no les falte nada, por eso él no puede trabajar. —terminó.  
   Las gatas, Galinda y Lupita con sus rostros llorosos ofrecieron inmediatamente su ayuda para cuidar a los mininos, inclusive les ofrecieron su casa. Al ver tanta generosidad aceptaron el ofrecimiento con la condición de hacerse cargo de las labores pesadas que requirieran atención. Así, la orden del consejo, de devolverlos a su lugar de origen por no trabajar, quedó sin efecto.   
   El joven Gustavo comenzó a dar sus clases en el colegio donde fue muy bien recibido, estrechando lazos de amistad con otras familias como: la Perruna y Conejuna. ¡Todo estaba de maravilla! Su madre, si viviera, estaría orgulloso de él.

El viejo Gilberto se encargó de los trabajos pesados y desde el segundo piso se deleitaba mirando la campiña, dorada por las grandes extensiones cubiertas de flores. Hermosas maravillas o girasoles que por doquier se multiplicaban con sus caritas buscando el sol que rodeaban toda la ciudad.
En busca de un nuevo hogar, con buenas intenciones, siempre habrá un lugar que estará a disposición. Así don Gilberto comprendió el doble significado del nombre de esa amable ciudad. 




FIN  



Temuco.25-03-2019
CHILE.  

Amigo fiel su nombre nadie conocía.


Autora: María Emilia Fuentes Burgos.

 Al clarear el alba con frío o con lluvia
pasaba por mi puerta una sombra lanuda, 
temía ser visto y con paso ligero  
casi ciego, jadeaba y desaparecía.
Pelo mojado, cabeza sometida, su Nombre… ¡Nadie conocía!
Esperé emocionada el clarear del alba   
correr ese velo de misterio quería.
De pronto la sombra en lontananza surgió,
su fuerte resuello más y más cerca sentía…
Con ojos vidriosos, desfallecido en mi puerta se derrumbó. 
Sucio pelaje, patitas heridas,
expeliendo su último suspiro quedaba sin vida,
su mirada lo dijo…, siguiendo a su amo
que ya, de este mundo se había marchado.
Perrito lanudo cuyo Nombre nadie sabía
y que sin importar distancias al sepulcro
de su amo corría y temprano salía por huellas de comida.

¡Tierna raza canina, de sus amos siempre prendados!
Amigos fieles es el don que Dios les ha dado.

Al amanecer de todos los días en mi puerta una Luz, habita.
Ángel lanudo, ojitos de estrella, cabecita erguida
largas orejas, lengüita humedecida jadeante de alegría
colita peluda mueve ligera, al compás de su ardiente corazón,
que recuerda, por ahí caminan muchos perritos sin Nombre
¡Viviendo en esta situación!



Temuco 25/07/2011.
CHILE.

COINCIDENCIAS


COINCIDENCIAS
Por: María Emilia Fuentes Burgos.                                


En este pueblito llamado “Las Tórtolas”, ubicado en las faldas de la cordillera de la costa, vivo yo, Lalo. Hoy es un día muy triste, hasta el tiempo acompañó mi aflicción porque de improviso oscureció y tuvimos que apurar el paso de vuelta del cementerio. Muchas horas dolorosas en que fui apoyado por vecinos y amigos de mamá.
   “Sin mi mamá, ¿qué haré ahora?” pienso.
   A mi lado susurran cosas que no entiendo, todo es diferente. Allá quedó sepultada mamá después de haber fallecido en un accidente de carretera en la cuesta “La herradura”; al cortarse los frenos del automóvil todos fueron a parar al fondo de la quebrada. Corre el rumor que “algo” tuvo que ver con esta tragedia, el hermano del cura Eduardo, don Fermín, hombre odiado en el pueblo por ser un hombre muy cruel, el murmullo se extiende entre la concurrencia, mientras que el vecino que lleva mi mano me aconseja:
    No haga caso mijito, ¿sabes Lalito?, la gente habla muchas cosas sin sentido, sin  conocer los dramas de la gente inventan muchas tonteras, con tus once años no sabes de calumnias todavía. Te diré que Don Fermín después que dejó el ejército no aguanta “pelos en el lomo”, es muy bruto, pero creo, no sería capaz de cometer el tremendo desatino de mandar a cortar los frenos a un automóvil, mejor olvida esos comentarios. Además el chisme que corre de que echó a la calle a la mujer con sus hijos después de fallecer su marido, bueno…, por algo sería, no podemos cuestionarlo, ya que es su hacienda. Lalito sigue la conversa:
   —Pero vecino si yo escuché que uno de esos niños era hijo de don Fermín, qué caballero tan malo dejarlos sin casa, le tengo miedo y eso que es hermano del curita Eduardo menos mal no está cuando vamos a misa.
   —Bueno, bueno y si fuera a misa hasta los santos arrancarían. —agrega con una sonrisa.
   —Y ahora, ¿adónde me lleva vecino?
   —Te llevo a la casa de tu tía Nelly, ella te espera con sus cuatro hijos ahí vas a vivir con su familia, estarás bien, te vas a entretener e irás a la escuela, solamente tienes que ser obediente. —me indica.

En casa de tía Nelly, con mis escasos años coopero en lo que me indican, pero igual mis primos mayores demuestran desagrado, no les gusta que viniera a ocupar otro puesto en la mesa donde no falta la comida, pero tampoco sobra, me lo gritan y las patadas se multiplican por debajo de la mesa. Insultos y humillaciones, de todo recibo de parte de ellos, los gritos que me da tía Nelly, me enloquecen:
    —¡Lalo ayúdame con los baldes de agua! ¿Trajiste los tarros de la basura? Si los sacaste  a la esquina tienes que traerlos, ¡siempre se te olvida!
    —¿Y lustraste los zapatos de tus primos? —con otro grito me recuerda—: Lalo, Lalo me chillan todo el día. Y ya no voy a clases.
Además ellos siempre cuentan la historia al revés cuando mi tía pregunta y las consecuencias son serias para mí, sin comer y encerrarme en mi pieza se hizo costumbre, pero ahí me siento libre y lloro con mi alma y con mi cuerpo lastimado.
   Un día ya cumplidos los catorce años, temeroso, pero decidido enfrenté a mi tía Nelly:
   —Tía Nelly, quiero irme de su casa. Estoy tan cansado de los insultos y golpes de mis primos. No me quieren, me voy, no sé a dónde, pero me voy tía.
   —¿Y a dónde te vas a ir? ¡Cabro de miéchica! —respondió airada—. Le cayó patá en la guata que el mozo renunciara, pero insistí, al final dijo:
   —Tengo un lugar seguro para llevarte, pero ahí vas a tener que pensar dos veces antes de dar un paso y hay mucho trabajo, pero al final son tus parientes —indicó—. Nada dije ya, en cualquier parte estaría mejor.
   Me agarró de un brazo y a empujones me sacó a la calle, ahí caminamos con paso rápido en dirección a la iglesia. Allá pidió hablar con don Fermín. ¡Virgen Santa! Qué cosa tan grave hice para este castigo, temblé entero.
   Nos recibió el curita Eduardo, hombre ya mayor, bien elegante, ¡educado el curita! Muy amable, lo adoraban en el pueblo, le nombraban: Lalo y tenía los dientes de arriba separados igual que yo. Encaminó a mi tía a la casa contigua donde esperaba don Fermín para discutir el problema. Ya de regreso, amablemente tomó mi mano y nos internamos en la casa, dando espacio primero para que mi tía en la despedida me lanzara los consabidos rezongos:
   —Y pórtate bien, aquí tienes que obedecer porque con don Fermín no se juega o vas a salir muerto —me gritó en la oreja—. Pensé: “entonces para que me trajo aquí si es tan peligroso, debe ser para vengarse”. Ella se retiró sin antes echar unas monedas a su bolso, después supe era el dinero dado por los hermanos por haberme cuidado. Luego conocí a don Fermín… ¡Madre querida!, un gesto con la cabeza y eso sería todo, asustaba con su estampa enorme, cuerpo grueso y de mirar adusto en rugosa cara de enormes bigotes, que no era agradable de ver. Con el odio que rugía en mi corazón un pensamiento extraño cruzó por mi mente, —“quisiera parecerme a él, para que todos me tuvieran miedo y me respetaran”. Quedé con el corazón apretado, un nudo en la garganta y con mi cuerpo donde cabalgaba la ansiedad.  
   Sin embargo sonreí contento de mi suerte, la casa de los hermanos era grande y muy lujosa, una pieza con una cama limpia y cómoda me esperaba, ¡sólo para mí!, era la casa de don Fermín, mas…, tenía donde echar mis huesos.
  
La desilusión sufrida con mis parientes, seguía viva y transformaba lentamente mi corazón dócil; sumado al recuerdo doloroso del cuerpo destrozado de mi madre que hasta en sueños se me aparecía fue tierra fértil para comenzar a emerger el hombre arisco y perverso que bullía en mis adentros, ¿o era hereditario?  
   La nueva vida junto al Padre Eduardo me entretenía, temprano le ayudaba con los preparativos de la misa que ofrecía el curita, después a la escuela.
   El cambio me favoreció, sin embargo, no fue suficiente para opacar las desdichas sufridas. Luchaba con el rencor, pero me superaba. Despotricaba a cada paso y mi comportamiento  no era de los mejores, el odio engendrado ya echaba raíces, inspiraba temor a mis compañeros de clases, con una mirada oscura que copié de Don Fermín, con cejas muy pobladas, ¡hasta el lunar en la cien se lo copié! Y ya no reía, concentrado en mis pensamientos recorría el camino a casa. Solamente el Padre Lalo me sacaba sonrisas con su buen humor, gozábamos  con las bromas de sus amigos referentes al parecido que teníamos, nombres iguales e iguales sonrisas con las paletas delanteras separadas, eso era de personas mentirosas, decían y todos reíamos. 

Órdenes había y yo tenía que obedecer. Primero: al hacer la limpieza no mover ni hurgar en las cajas color azul guardadas en el armario de la oficina y segundo: levantarme cuando chirriara el portón a altas horas de la noche para ayudar al padre Lalo en el ascenso por la escalera hasta dejarlo en su cama vestido con su ropa de dormir. Cumplía al pie de la letra con lo acordado, inclusive ahí me quedaba sentado al lado de su cama largo rato por si surgía algún imprevisto. La ropa sucia que ponía en la bolsa, me descomponía, ahí también en esa bolsa dejaba los últimos vestigios de pudor y asombro que me quedaban. El frío de la noche me penetraba, pero el Padre Lalo ni enterado. Don Fermín vigilaba de cerca hiciera mis labores con mirada siniestra sin tratar de disimular.
   
Esa rutina de contraste mordió mis pequeños años. Ya con veinticinco años mi presencia era ¡indispensable en la casa!, desinhibido recorría por todos los rincones y llegó el día en que la curiosidad me venció cuando cayeron en mis manos las cajas azules prohibidas. Las observé largo rato como intuyendo algo, a pesar del miedo que me embargaba estaba contento de descorrer la tapa y mirar su contenido. Intrigado las abrí había: una pistola, balas, medallas, monedas, dos botellas donde se leía, ¡veneno!, cuidadosamente envueltas, todo en la oficina de don Fermín. En otras cajas un conjunto de fotografías antiguas junto a cartas en las que encontré, mirando bien de cerca, lugares conocidos, muy conocidos, ¡la glorieta del jardín de mi casa!, quedé confundido y rápidamente hurgué entre las demás, la cara de mi madre sobresalió en una, algo me atrajo… ¡Sí, era ella!, sentada y sobre sus hombros unas manos grandes…, don Fermín ¡¡Don Fermín!! Rápido desfilaban por mis manos las ajadas imágenes en que mi madre y don Fermín aparecían en distintos escenarios.
¡¡Qué barbaridad, qué estoy viendo!! ¡Pero qué es esto!
   Comprendí de un paraguazo y algo turbio zarandeó mi interior, ya me había cuchicheado la mujer de las verduras que en la iglesia tenía parientes, igual que años atrás me dijera tía Nelly. 
¡Ese viejo miserable, animal, era mi padre! ¡Qué desgracia! Nos sepultó a los dos en el olvido al extremo que yo pensaba no tenía padre. Y… ¿El accidente de mi madre? ¡Con todos las fechorías que lo he visto hacer en estos años, de cualquier cosa es capaz!  Temblando puse todo nuevamente en su lugar, me guardé una foto y una botellita de veneno en el bolsillo. Tantos años engañado, se me revolvía el estómago.
   Salí con la cara ardiendo y el odio que sacudía mis entrañas floreció en un remolino colosal, se borró todo lo que había escuchado en los sermones del Curita palabras que a veces me llegaban y otras veces me salían por la otra oreja. En la galería divisé a tía Nelly junto al Padre Lalo. Al verme me ordenó que fuera a su casa a cuidar por unas horas a dos de mis primos enfermos, la acompañé con negras y segundas intenciones que se apoderaron de mi cabeza.

El tiempo imparable que todo lo sana transcurrió ágil en favor mío. Ahora soy hombre casado y con bastante dinero gracias a la herencia que recibí de don Fermín. Vivimos cómodamente con el Padre Lalo, congeniamos, sigue amable, revoltoso y que tiene sus cosas raras, las tiene, pero a esta altura de mi vida resisto todo, cerrando los ojos puedo superarlo para seguir escuchado los sermones en la iglesia, estoy consciente que no soy una blanca paloma y necesito mucho las oraciones. Y si me miran feo y  le soy desagradable a la gente es porque seguramente le recuerdo a don Fermín.  
   Vivo tranquilo sin la presencia de don Fermín: Que En… Descanse. Sólo al Padre Lalo le causa dificultad acostumbrarse a vivir sin su hermano, aún arrastra su pena, nada pudo hacerse, su enfermedad fue fulminante, en dos días, ¡don Fermín ya estaba muerto! Comer mucho, es peligroso.

El Padre Lalo siempre a mi lado, me ve sereno y celebra mi capacidad para  sobrellevar el dolor. No es ningún chiste tantos muertos en la familia…, don Fermín y mis dos primos que en un mes y medio estaban bajo tierra, menos mal “siempre” estuve cerca de ellos.
Tres personas fallecidas en tan corto tiempo es mucha coincidencia, pero así es la vida llena de ¡COINCIDENCIAS!



FIN.


Temuco-08-05-2018 -CHILE.

martes, 8 de octubre de 2019

EL ANILLO DE FACUNDO

 Autora: María Emilia Fuentes Burgos.      

Mi nombre es Renata y tengo catorce años. Desde que mis bisabuelos se establecieron en ese pintoresco lugar mi familia ha ocupado la misma casona construida por el tata Pedro y llamada por la gente del pueblo: “La casa de lata”, por las planchas de zinc que la recubren y que la hacen  inalterable en el tiempo. Situada a doscientos metros del río “Imperial”, importante río donde mis familiares aprendieron a nadar y ahora los identifican como expertos nadadores y conocedores, por lo tanto, de todos  los recovecos del caudal de agua.
  
Obligados, eran los paseos al otro lado del río donde esperaba un lugar amigable, todo verdor por apiñados sauces que invitaban a internarse en su sombra.
   Los visitantes provistos con todo lo necesario para regalarse un buen día de diversión aprovechaban bien ese enorme caudal de agua navegable en donde en su orilla había un gran embarcadero de madera nativa con pilotes de pellín, en el cual atracaban pequeños barcos de vapor, de poco calado, que en su trayectoria diaria aportaba al lugar productos agrícolas y del mar traídos del pueblo costero asentado al pie del océano y esos vaporcitos también cumplían con el traslado de personas en viaje de paseo.   
   Igualmente el muelle prestaba servicio a los trabajadores que con sus botes desempeñaban la labor de dejar los pasajeros al otro lado del río por unos cuantos pesos, para los paseos dominicales.
   Ese día se observaban los botes de madera de forma muy particular: pintados y engalanados con cintas de colores en las chumaceras y con sus remos de color blanco y azul, daban un hermoso espectáculo.
 
Con espléndidos días de calor un abanico de posibilidades se ofrecía para la recreación, después de asistir a la misa dominical. Días cargados de sorpresas, unas mejores que otras, como en esta oportunidad en que la jornada iba a quedar marcada en las memorias como un día trágico para sus habitantes, lleno de angustias y sobresaltos por un tenebroso drama sentimental que traería la desgracia a una integrante del lugar.
   La mañana, del día que quisiera olvidar, todos caminamos ilusionados en dirección al río. En la esquina se unieron los amigos de mis padres sumándose al grupo: doña Flora y su marido Facundo, la abuelita Zoraida, con muchos años en el cuerpo que siempre nos acompañaba hasta al gran embarcadero, para estirar las piernas.
   Mi padre guiaba a su mujer y a sus cuatro hijos: Hortensia, mi hermana mayor con veintiséis años y Gilberto de dieciocho años. Juan y yo mellizos cuatro años menores.
   Mis hermanos Gilberto y Juan muy de mañana cumplían con su tarea de cruzar el río para asegurar el lugar bajo los sauces, que se hacían insuficientes con tantas familias en lo mismo.
      Olivia, amiga inseparable de mi hermana no se perdía actividad organizada por mi familia. Con veintiocho años, de mirada azul-verdosa y con escotes pronunciados que dejaban ver más de la cuenta atraía las miradas de todo mundo. A mi padre no le hacía ninguna gracia, por la mala reputación que había adquirido por el amorío que mantenía con su compadre don Facundo, hombre casado, ya era sabido por todo el pueblo, pero mi madre generosa, con su caridad por delante, la permitía en nuestro hogar.

Sin pretenderlo voy caminando detrás de mi mamá, ella no advierte mi presencia.
   —Por “andar arrastrando el ala” algo malo se anuncia para mi compadre Facundo —dijo mi padre preocupado—. No aprende nunca. ¡Ahora con Olivia, esa muchacha se lo lleva cortito!
   —No seas así viejo, la muchacha es linda y alegre, la gente se confunde, mira que tiene que mantener a su hermano y ya consiguió un buen trabajo, ¿si fuera como dicen no sería amiga de Florita, su esposa? Es don Facundo el que se acerca a ella con sus aires de don Juan.
   —No Margarita, eso era hace tiempo, estás equivocada—responde papá y continúa—: Ahora Olivia quiere casarse con Facundo y le exige separación, más encima el muy insensato le regaló un anillo el año pasado, medio lío en que se metió, ahora busca el modo de zafar del compromiso, ya sabes Facundo trabaja mucho en el campo con su ganado para surtir su carnicería y todo porque ama a Florita y no va a separarse. Esto es para nosotros nada más, Margarita, ¡ni una palabra de esto a nadie! Ayudaremos cuando sea necesario.
   —¡OH, santo cielo! Qué panorama tan espantoso, pobre mi amiga. Tú nunca me harías eso, ¿verdad?
   —No, no mi vida, jamás. He sido muy feliz durante nuestros veintiocho años juntos. Ya me conoces. —dice él.
   Quedo asustada con la conversación y giro para encontrar a mi hermana y la abrazo, pongo toda mi atención en Olivia que va muy “arrimadita” a don Facundo sin soltar su brazo y lanza de reojo miradas de odio a doña Florita. Don Facundo se ve muy molesto entre las dos mujeres, tan molesto que avanza y se aleja para no “perder los estribos”, Olivia corre coqueta y aferra su brazo nuevamente mientras le recuerda que falta poco para anunciar su compromiso, don Facundo mueve la cabeza y la mira con ira, vuelve a alejarse, en ese juego continuaron hasta llegar al muelle. Olivia sigue sin inmutarse.
   Una vez escuché que le decía a sus amigas que pronto cumpliría su sueño: casarse con un hombre mayor y adinerado.   
   —¡Miren mis amigas!, miren lo que brilla en mi dedo, ¡ustedes creen que me voy a quedar así, después de vivir más de un año escondida y aguantar  que mi honor ande por el suelo! —decía y añadía—: ¡No señor, ahora tiene que cumplir!
  
Aperados de mantas para sentarnos, ahí avanzábamos con nuestros bártulos y grandes canastos llenos con sabroso cocaví. Reíamos cuando subimos en el bote del viejo remero.
   —¡Ya pues señoras, ustedes en el centro y usted “mijita”, córrase más atrás, pásele, pásele don Octavio! —indicaba el hombre a mi papá.
   —¡Ponga cuidado usted y córrase, no me pise los callos! —gritaba doña Florita—. Y tú Facundo dame la mano.
Con cara larga y por su cabeza desfilando los más negros pensamientos, don facundo hastiado de la situación no sabía dónde estaba parado en medio de esa batahola.
   Así, en ese alboroto cruzamos el río. Ya en tierra firme al otro lado, bien organizados cada uno a lo suyo, animados con las tonadas y guitarreos de los vecinos que acompañaban la preparación de los asados, según la costumbre.  

A eso de las seis de la tarde el cielo oscureció y las aguas empezaron a encresparse por el fuerte viento y no quedó más remedio que recoger los utensilios con rapidez ¡La lluvia ya se olía!
   —¡Renata, corre mi niña, apura! —voceaba mi madre.
   —Si mamá, llevo los chalones, ni imaginaba que yo espiaba a Olivia que detrás de un árbol retaba a don Facundo y él, le pedía que no insistiera, que le diera tiempo.   
   Instalados todos en el bote, mi madre con preocupación observa a Olivia que junto a don Facundo admira el grueso anillo con dos rubíes, que tiene en su dedo como un trofeo. Aún en esas circunstancias, alcanzo a escuchar a Olivia que le cuchichea:
   —¡Tienes que cumplir tu promesa o le digo a doña Flora mañana mismo!
   —¡Cállate!, que puede escuchar.
   Don Facundo bastante irritado daba miradas furibundas, realmente agotado con la frasecita su cabeza agarra vuelo con la idea fraguada desde hacía un tiempo, bastante arriesgada, a la que teme.
   El oleaje aumentó con el viento que fustigaba las aguas. El bote al recibir el azote de esos fuertes golpes, lo remecen, al punto que el miedo empieza a cundir. Olivia, colgada de don Facundo le impide acercarse a su esposa, en la mirada de él aparece un brillo diabólico que ya no quiere esconder y murmura, —“ya me tiene loco, tendré que hacerla desaparecer”
—¡Gilberto, Juan, vayan por ayuda! —exclama mi padre—. ¡Y cuidado con los remolinos hijos, por favor!
   Ellos se lanzan a las aguas y comienzan a nadar con rapidez, con dificultad alcanzan los peldaños de madera colocados a la orilla del embarcadero y se disparan por el socorro. Mientras el bote zarandea a más y mejor, cual cáscara de nuez, nosotros nos  abrazamos con el Padre Nuestro en los labios.
   El viejo botero, maniobra con experiencia los remos y coloca el bote con inteligencia para no volcar, pero… ¡Era demasiado! Bastó un segundo para ser deslizados por la barandilla y zambullirnos…, todos bajo el agua nadamos confundidos golpeándonos unos contra otros, en la oscuridad tratábamos de tomar nuestras manos, de pronto sentí que me agarraban un brazo con fuerza. 


Abro mis ojos y me encuentro en  tierra con el viejo botero y sonrío porque sé mi familia está a salvo la natación es su fuerte y confío en la destreza que todos tienen. La lluvia y el viento continúan, escruto la oscuridad sin distinguir mucho, encamino mi cuerpo fatigado en dirección a la casa. En el patio interior quedo desfallecida.
   Ruidos y portazos me despiertan. Gilberto y Hortensia sorprendidos me levantan con cariño. Escucho, que Juan y papá andan con la policía, porque doña Florita y don Facundo han desaparecido. De Olivia nadie sabe.
   A medianoche aparece don Facundo con un bulto en brazos envuelto totalmente en una frazada y rápidamente se dirige al sillón grande de la pieza contigua todos suspiramos con alivio. Es Florita, —comenta—. Con cariño murmura el nombre de su mujer: Florita, mi vida, mi vida y luego: —¡Traigan algo caliente! Mientras le saco la ropa ¡Muévanse por favor! —pide a gritos, consternado.
   A los dos minutos sale corriendo de la pieza con su cuerpo tambaleante y sus piernas que casi no le obedecen, con ojos desorbitados y cara de haber visto a un fantasma.    
    —¡Santo cielo, solo a mí tenía que pasarme!  ¡No es Florita!, es Olivia, esto parece una pesadilla, en la oscuridad salvé a Olivia —gritó, y desapareció dando un portazo. Su plan había fracasado.
   Jamás olvidaremos esa cara, mezcla de horror y honda preocupación, pero no por nosotros.

Al otro día, desde temprano recorrimos concienzudamente la ribera del río junto a vecinos y gente del pueblo, desesperados queremos encontrar alguna huella de doña Florita. Muy tarde, corre la voz que encontraron a una mujer corriente abajo. Rescatarla y llevarla al hospital fue todo en un suspiro. Era doña Florita.

Los médicos aún no dilucidan, si su muerte se produjo por ahogamiento, o por asfixia, debido a un anillo encontrado en su garganta.
   — ¡Qué hijo de…, le habrá deformado el rostro! —comentó el doctor.


 
2015-06-11

CHILE.


Desde aquel día

Por: María Emilia Fuentes Burgos. Desde aquel día, en que el roce de tu piel sentí en mi mano suave llama levantó mi pasión y ...