jueves, 13 de junio de 2019

Exquisita lumbre.


Exquisita lumbre.
Autora: María Emilia Fuentes Burgos.

Amor… ¿Eres tú a quién vislumbro allá en la floresta?
Con figura apacible que retorna cuál vertiente
cristalina e inesperadamente desliza suave roce…
¿Y pasión en mi ser levanta?

¿Que despliega sensaciones a mi existencia, e inflama
exquisita lumbre de mis jardines silvestres?
¡De antaño prendidos en mis vértices!
Y a mis sentidos avasallas con mil besos en sinfonías.

Surge tu figura airosa que atrapa la campiña
cubierta de amapolas y jazmines,
con anochecidos sueños en pasión urgente…
Agasajos condensados en ebrios roces y caricias.

Con un toque, tu mano ruboriza mis mejillas,
embriagada e inquieta mi piel excitada la percibe
y remueve brasa oculta, impaciente…
¡Los arrullos ambiciosos de mi vientre!


CHILE

martes, 11 de junio de 2019

SWEATER MODERNO

SWEATER MODERNO.     
Por: María Emilia Fuentes Burgos.

Óscar, pidió permiso en la oficina para ir a ver a su novia que vivía en una hacienda a nueve kilómetros de la ciudad. Ahí lo esperaba Clorinda junto a sus padres, claramente se notaba que no miraban con buenos ojos al nuevo pretendiente. Su pequeña, era la luz de sus ojos y no querían esa unión.
   En los fogones de la cocina, la abuela Elcira trabaja afanosamente preparando platillos especiales para la ocasión por encargo de su vecina, la dueña de la hacienda; la abuela siempre la venía a ayudar en estos eventos, acompañada de Nachito que era el primero en la fila, observaba lo que ocurría en casa y no estaba de acuerdo con el casorio de su amiga Clorinda, a él no le convenía, la señorita Clorinda se iría definitivamente a vivir al pueblo y se acabarían sus paseos a caballo y los regalitos.
   Los novios después de almorzar bien abundante se prepararon para dar una  vuelta por el potrero. A pesar que llevaban un buen tiempo de novios, él no había tenido la oportunidad de visitarla en el campo y poder familiarizarse con esa vida especial.
   Óscar, cambia tus lindas ropas porque te puedes ensuciarle dijo. Y preguntó  a su padre si había peligro, él con voz calmosa:
   Tranquila hija, todo está en su lugar y el toro también, el capataz personalmente lo dejó en el quebrada con las trancas cerradas. De todas maneras no se alejen mucho. —dijo. —Y como vio esperando a Nachito le ordenó:
   —Y tú Nachito deja tranquilos a los novios, vete a cuidar las ovejas y abre las trancas.
   Óscar, se quitó la chaqueta y quedó en un lindo sweater de poliéster muy suave, ella lo acarició. Tan diferente a su ropa fabricada en el campo con lana de oveja, bien abrigadora.
   Tomaron el camino en dirección al potrero que lucía un cerco con gruesos troncos de madera de pellín y dividido por varias corridas de alambres de púa, resistentes, necesarias para retener el ganado. Ahí estaban los animales, Clorinda explicaba las faenas, pero Óscar no estaba interesado en eso, todo le parecía lenguaje chino, él solo veía vacas y caballos, la cosa era alejarse lo más posible de las casas, con intenciones no tan blancas.
   Siguieron su camino que los condujo a campo abierto. Clorinda al ver todo despejado de animales, buscó la sombra de un árbol y se sentó en el pasto, con ojos cerrados se deleitaba con las palabras de amor de su enamorado. Óscar viendo el campo cubierto con flores de margaritas se apresuró a juntar un ramito para sorprender a su amada. Poco a poco fue internándose por la quebrada frondosa hasta llegar muy cerca de “una vaca”. Solamente escuchó el bramido y la tierra que se levantaba de las cuatro patas del animal que se le venía encima. Con los ojos como platos salió, como alma que lleva el viento. Clorinda al escuchar el bramido, ya corría a campo traviesa en dirección al cerco que sería su salvación.
   —¡Corre amor, corre Óscar por favor, ese es un toro y no te perdonará la vida! Te dije que el toro siempre está separado de los animales del potrero y hay que andar con los ojos bien abiertos, parece no me escuchaste. —gritaba. —Sin dar tregua a la velocidad con que se movían sus piernas.  
—Voy, voy, soy hombre muy moderno de gimnasio, no te preocupes. —clamaba Óscar.
   De zambullida se metieron debajo de los alambres del cerco, solo bastaron segundos para sentir el crujir de la madera con la cornada del toro, que remeció los gruesos maderos. Clorinda se levantó y no pudo seguir su marcha por estar  enganchada de sus ropas por las puntas de los alambres de púa. Ella, sentada de espaldas al cerco, tiró y su chaquetilla de lana cedió con facilidad y se liberó chillando a Óscar. Él se levantó y dio tres pasos, pero su sweater de fibra elástica, resistente, le impedía zafarse. La situación se hizo crítica, Óscar sentía como su cuerpo retrocedía y azotaba el cerco, como un resorte, que va y viene, cada vez que él ponía todas sus fuerzas para avanzar. ¿Y el toro?  Seguía dando cornadas al firme poste.
   En sus acercamientos a los alambres sus ropas se enganchaban de distintas partes, unas cedían por estar fabricadas de algodón como: sus pantalones y ropa interior, que al rasgarse hacían que su cuerpo quedara a cada momento más y más desnudo, su mente nublada no le permitía pensar. Clorinda no sabía cómo acercarse al verlo en esa facha, nalgas al aire. Nachito, que no sé de donde apareció, le arrancó de un manotazo el sweater al novio liberándolo y que luego temeroso mirando para todos lados se arrastró por las piedras hacia donde le mostraba Nachito con su dedo, la senda junto a la orillita del cerco, para evitar miradas curiosas y risueñas.

Los padres de Clorinda junto al capataz sonrieron al ver, de lejos, una sombra desnuda en dirección al cobertizo donde estaba guardado el automóvil de Óscar. El capataz dijo triunfante: nuevamente gané la apuesta patrón. Si no hay caso esos  pitucos no sirven para el campo. Mañana sacaré al toro y lo llevaré a los pastos del otro potrero. El patrón lo miró sospechoso…
—¿A ver, a ver don Tino, no me dijo que el toro estaba en la quebrada, bien seguro, para evitar desgracias? —inquirió.
—Si patrón, pero alguien abrió las trancas.  
Presuroso llegó Nachito al grupo y dijo:
—¿Y? ¿Cómo lo hice patrón? Ya soy grande, puede confiar en mí, hice exactamente lo que me dijo. Me fui sin que nadie me viera, bien escondidito y abría las trancas de la quebrada. —comentó con carita contenta.
—Ay Nachito, pero… ¡Otra vez te equivocaste!, no escuchaste bien. Eran las trancas de la quebrada chica donde se encierran las ovejas, te dije clarito: “Vete a cuidar las ovejas y abre las trancas”, para que las ovejas subieran la loma y pastaran  esos pastos, así corretearían a los novios para la casa. —dijo. —Y continuó, casi pasa una desgracia, pero bueno, anda a ver tu abuela Elcira que ya se marcha. —concluyó.

Nachito caminó hacia la casa pateando piedras, junto a su perro Turpin.



Fin

CHILE.



viernes, 10 de mayo de 2019

MAMÁ-ABUELITA... COSAS DE NACHITO

MAMÁ-ABUELITA… COSAS DE NACHITO (Relato Nº29)
Por: María Emilia Fuentes Burgos

En las casas de la hacienda de la abuela Elcira, todo marchaba como de costumbre, las labores pesadas repartidas entre los hombres, y las mujeres, no lo hacían menos, con los sacos de lana recién esquilada que tenían que lavar y varillar para dejarla esponjosa quedaban agotadas. Nachito temprano a la escuela dejaba a la abuela Elcira con tiempo libre para tomar su mate tranquila.
   A la tarde ya asomaba Nachito y la casa era algarabía a la que estaban acostumbrados.
   —Abuelita, abuelita mire mi ojo, un compañero me pasó a llevar después de la pelea. La profesora dijo que hiciéramos  una composición a la madre, poniendo el nombre de su mamá. Todos pusieron el nombre de su mamá: Margarita, Luzvenia, Gabriela y yo le puse, Mamá-abuelita, y todos saltaron de risa, insistiendo que dijera el nombre de mi  mamá, ¡cómo mi mamá se iba a llamar abuelita!, dijeron ellos y siguieron molestando, más porfiados los cabros. —explicó.
   La abuela Elcira dejó su mate y puso atención. Cómo explicarle al niño su realidad siendo tan pequeño, pero sabía que comenzaba la edad de las preguntas. Le dijo que la acompañara al gallinero a buscar huevos. Caminaron juntos y ella confusa buscaba cómo enfrentar la situación, Nachito algún día tenía que saber la verdad.
   —Mira Nachito, puedes nombrarme como quieras, yo a todo el mundo les digo “hijos”, “Mijitos”, ¿te has dado cuenta? Aunque no sean mis hijos los nombro igual, de cariño mi niño.  A las chicas que vienen a comprar verduras y leche, a todas les dijo Mijitas también a ti como eres el más chiquito, pero soy tu abuelita. —dijo con un dejo de intranquilidad.
   El niño desentendido, no escuchó y siguió hablando:
   —Para mí siempre serás mi mamá abuelita. Si vieras como discutí en la escuela, hasta que la profesora se enojó. En la carta había que agradecer lo que recibíamos de la mamá, el Jaime puso que le agradecía el viaje a Isla de Pascua, el Pedrito los juguetes a cuerda que corren solos, dijeron hartas cosas. Darán un premio a la mejor carta.
—Y tú Nachito. ¿Qué le pusiste?
—Yo abuelita, ¡qué le iba a poner! Que te levantabas temprano para alcanzar a darme pan amasado recién sacado del horno y leche recién ordeñada de la vaca Chabela. Cuando mi tío Serafín me va a dejar a la escuela voy con mi guatita llenita, y eso le puse a mi carta, también que das permiso para andar por todos lados en el campo y conocer las plantas que no debo arrancar y muchas cosas más.  —contaba Nachito—. Y siguió: la profesora dijo que tenía que ejercitar la ortografía, se sonrió cuando leyó, lo que le cuesta sacarme de la cama a la Rosa y vestirme, además dijo que fueras mañana conmigo, seguro te preguntará si eres mi mamá-abuelita.  —terminó.
   —Muy bien Mijito, siempre tiene que cumplir con las tareas para que cuando seas grande sepas administrar la hacienda y cuidar tu familia.
   —Pero abuelita, yo nunca me voy a ir de tu lado, cuando sea grande te cuidaré y seguiremos como siempre, almorzando rico los domingos y después iremos al cementerio. Llevarás las flores lindas para ponerlas en tarro de lata y decir: hola Mijita, aquí te traigo flores y también traigo Nachito… ¡Mira que grande está! —responde el niño—. Sabes abuelita, eso de tías, tíos, sobrinos, mamá, es un puro enredo, no me gusta nada, lo único que me importa es que tú me quieras y seas siempre mi mamá-abuelita. —dijo sonriendo y abrazando a su abuela.  Pero de a poco voy aprendiendo eso de los parientes abuelita.   

La abuela Elcira lo apretó con cariño y por sobre la cabecita de Nachito dirigió su mirada al  camino del cementerio, mientras su piel arrugada embebía dos lágrimas amargas.  


CHILE.



miércoles, 8 de mayo de 2019

Cóndor Veloz

Cóndor Veloz          
Por: María Emilia Fuentes Burgos.

Pabellón patrio que sublime ostentas,
soberbio Cóndor que reina los espacios,
corpulenta ave, única en su género.
Con vuelo veloz, vibrante y resuelto,
enseñas orgullosa tu raza indígena,
procaz y legendaria, asida con amor y gallardía.
¡A tricolor y a magnífico estandarte!
¡Al ver flamear nuestra Bandera!
Desplegar quisiéramos tan alto
a corazones todos, patrióticos, nobles,
y encumbrarlos en tan bello paisaje,
ondulantes enlazarlos en el cielo,
e igualar en tan grandioso vuelo,
al dueño y Señor de los espacios.

¡Ave gigante!
Magnífica, rebelde, de picachos andinos.
Albas plumas, coronando su exuberante cuello,
de azabache viste su ropaje
que camufla de noche en el oscuro cielo.
Garras feroces, firmes y perfectas, que al enemigo
hace temblar a la distancia, oteas valiente los confines y
en picada, veloz hechas el vuelo,
cuando sospechas la más mínima amenaza,
como indígena en furiosa arremetida,
defiende raudo con su lanza
el honor, el escudo y la concordia.

Planeas henchido en blanca cordillera.
Vigilia eterna de huesos ancestrales,
collar de plumas blancas, pico ganchudo color hueso,
alas grandiosas y vibrantes
¡Orgulloso vigía de los cielos!


CHILE.


martes, 7 de mayo de 2019

ANSELMO Y SU PADRASTRO DON CLEMENTE


ANSELMO Y SU PADRASTRO DON CLEMENTE
Por: María Emilia Fuentes Burgos.


Mi nombre es Anselmo y voy de regreso a casa, ya terminadas las clases, por el ancho y polvoriento camino que divide la arboleda hasta las casas de la hacienda “La Serranía”.
   Por estas tierras agrestes mi caballo alazán al reconocer los pinares y al sentir mugir los animales apresura el tranco, lo sosiego tirando las riendas. Al llegar al recodo del camino diviso las casas del fundo donde sobresale el caserón de techo color rojo de don Clemente, que intocable se mantiene detrás del ancho río y que cuesta abajo indolente riega y da vida a frondosos bosques del lugar. 
  En la subida espueleo mi pingo.  Allá veo junto a las trancas a mi padrastro, don Clemente, que espera mi llegada para comer y continuar con el trabajo que se ha practicado por años en este terreno cordillerano: la cría de ganado vacuno y faenado de animales de variadas clases. Su demanda es alta por lo que es un negocio rentable. A mis  trece años también ayudo; lo más importante es mirar el desposte de las carnes para cuando cumpla los dieciocho años carnear mi primera res y tengo que asimilar y practicar la técnica con el viejo Barrales, que es el responsable de esa labor.    
   Don Clemente: hombre mayor de temperamento equilibrado, de aspecto agradable con sus mejillas enrojecidas y curtidas por el sol, con su cuerpo obeso que demuestra el buen gusto por la comida, ¡ya lo vieran! Nacido en una inmensa hacienda, herencia de generaciones, ahora recibida de sus padres donde el trabajo es lo principal y fue lo primero que hizo don Clemente, inculcarme el amor por el trabajo y la justicia, cosas importantes que él respeta al pie de la letra. Sin desperdiciar un minuto lleva  adelante este negocio de antaño y yo continuo sus pasos. ¡Él, es mi padrastro! Vivo en su propiedad desde que don Clemente pidió a mi madre en matrimonio, de eso hace diez años.

Todo se hace en serie, muy temprano se comienza con el arrear de reses a los patios donde son separados para el faenamiento, a continuación se pasa al desposte de las carnes por los encargados y sus cuadrillas embalan los cortes en cajas, valijas o contenedores especiales, tanto para las carnes como para las cecinas. Carne entregada para el consumo público en las carnicerías de don Clemente, en el pueblo. Las carretas que las surten van semanalmente con variedad de carnes: vacuno, cerdo, cordero, aves y también cecinas; las cámaras frigoríficas y vitrinas de refrigeración quedan repletas.
   La planta de faenado, es cosa de admirar: aperada de utensilios específicos entre los que brillan afilados cuchillos para hacer cortes de calidad, se divisan serruchos, lazos, mesones y un sinfín de cosas, también rieles donde se  deslizan los ganchos acerados, además de ropa adecuada. Todo perfectamente en regla respetando las normas de higiene. El lugar por estar en altura es bien ventilado, todo se conserva fresco, la vertiente que corre cercana es puro hielo; yo me entumo cuando paso las tres horas en  observación, ya me sé de memoria “el teje y maneje” de las maquinarias y herramientas usadas por los expertos de esa labor, eso sí, hay que tener “cuero duro” y “nadita” de andar llorando, es el trabajo de esta zona y el negocio de don Clemente.  

Soy hijo único y don Clemente me aconseja con buenas palabras, siempre dice que obedezca, trabaje y estudie, como lo hizo él, para que sea una persona que respeten e  imponga justicia cuando sea hombre hecho y derecho. Con trece años no sé cómo seré cuando grande, solo puedo prometer que defenderé a don Clemente con “uñas y dientes”, amo a este hombre bueno que me ha criado. Solamente tengo un problema, desea que le diga papá, pero no puedo por culpa de Abel que  siempre anda cerca, tengo miedo. Me dolió cuando el viejo encargado de las caballerizas me contó que mi padre verdadero era: Abel, me hizo jurar que a nadie le contaría, ¡qué voy a contar!, siento vergüenza, era un antiguo empleado de don Clemente que tomó malos rumbos y a la cárcel fue a parar por ladrón, ahora vive en el bajo, al otro lado del río, encontró mujer hace como seis años y se dedican al cultivo de hortalizas y frutas. Nos abastece con sus productos que intercambia por carne. De la historia con mi madre con él, poco me interesa, si no me quiso, cosa de él; soy feliz con don Clemente.
   Mi tarea es recibir la carreta con las verduras que don Abel, (mi padre) intercambia por carne; el Comerciante, (así le digo), no saluda y me mira de reojo, asoma con la carreta siempre cuando don Clemente no está, ¡parece adivino! Eso me tiene angustiado. Le grito:   
   —¡Deje la carreta allá, lejito no más, en las trancas!
   —Si lo sé cabro chico, pucha que saliste cascarrabias. —me contesta irritado.
   Cada vez más cerca de la casa “el muy perla”, hasta la cocina se allega por un jarro de agua con harina tostada que mi madre le convida y cuchichean. Cuando me acerco a caballo se despide y agarra trote, menos mal porque soy capaz de echarle el caballo encima; él, ya conoce mis intenciones y yo, ¡casi las de él!  
   Mi madre dice, que cierre la boca y no le cuente a don Clemente porque ya tres veces se le ha calentado la sangre y casi muere, ¡La gordura lo tiene embromado!, pero sigue goloseando.   

Ya terminé mi último año de escuela, soy hombre grande. Ahora espero la fiesta como es la costumbre. Don Clemente me celebró con todo: niñas con cantos y guitarras, asados de mi primer vacuno carneado ¡Una fiesta bien regada! Y…, ya podré ir donde las “niñas” de la casa sonriente y llevar los “regalitos” que se acostumbran: longanizas, buenos cortes de asados y costillares de chancho; igual como lo hacía él. ¡Bien perfumado voy! ¡Puchas las niñas que me quieren! Ahí me distraigo y vuelvo de madrugada, no tenía idea que la vida, no era puro trabajo.
   Una mañana don Clemente me esperaba, desencajado:
   —Mira hijo, te cuento, sabes muy bien que las cuentas no pueden fallar, pero desde hace meses no cuadran, el Jerónimo revisó varias veces y falta mucha carne, ya estamos preocupados. —decía con respiración acelerada y ojos inquietos.
   —¿Qué sabes de eso, Anselmo? —pregunta.
   —Si es por los “regalitos” don Clemente, saco la cantidad que usted me indicó, jamás abusaría de su confianza. —le respondo.
    Ahí empezó la cosa. Las cabezas de ganado desaparecían gradualmente: dos corderos y un cerdo, así suma y sigue…, luego los cinco terneros, con eso pobre viejo casi “paró las chalas”. Pero los robos se repiten: “Parece que pretenden matar a don Clemente con puros malos ratos” — pienso. Pero abriré más los ojos.
   Y se repitió de día claro, Venancio:
   —Patrón: tres cerdos, una vaca y dos vaquillas. —a grito pelado.  Esto ¡Sí fue grave!, don Clemente volvió del hospital en silla de ruedas y la lengua traposa, ¡se escapó jabonado de quedar patitas por adelante! Pero don Clemente es hueso duro de roer, enojado se hace amarrar al caballo día a día y sigue dando órdenes. Mientras yo me llevo doble trabajo ¡Estoy desesperado! No hallo las horas de encontrar al culpable.
  Miro a mi madre que distraída toma su mate y observa para el bajo, más allá del río.
   Esta noche me toca juerga, todos lo saben, voy a la bodega por “los regalitos”, dos viejos me ayudan a elegir lo mejor, luego en vez de agarrar camino para la fiesta, me instalo escondido frente al bodegón de las reses faenadas. Estoy preparado nuevamente y por octava vez.
     Ya con la luna a tope, se mueven dos sombras fugazmente entre la puerta de la cocina y las bodegas, corren sigilosas… Se detienen justo en el portón del bodegón de las carnes.
Lo que veo, no lo creo. ¡El “Comerciante”! Y ¡Mi madre! Ella saca llave al candado y entra…, estoy petrificado, mordiendo mi lengua para no gritar. El canasto apenas lo levantan y se pierden por el camino al río.
   ¡Benaiga!, qué viejo más infeliz, ¡desgraciado! Hacer robar a mi madre y… ¿Los animales?, seguro él es el ladrón. ¿Qué pretende? Matar a don Clemente. ¡Se aman todavía! No me cabe en la cabeza, me arde el pecho. Agarro mi caballo y voy a emborracharme donde “las niñas”, en mi cabeza bullen mil ideas, pero de las más negras y comienzo a planear…
   Días después mi madre asoma en la ventana:
   — ¡Anselmo, llegó la carreta con las verduras! —grita.
   —Allá voy. —le respondo. —Con cara fiera y el corazón agitado, le digo a Jerónimo que traiga al “Comerciante” a la bodega para que elija la carne y al muchacho le grito que deje las verduras en la cocina y lleve la carreta afuera de las trancas, junto al camino los bueyes reconocen la huella a su querencia. Ya di el primer paso no puedo retroceder, me acompañan los más negros pensamientos. Es tarde, ya oscureció; casi todos los empleados se retiraron a sus barracas, solo quedan los hombres del aseo que por ahí dan  vuelta, pero me las arreglo para ejecutar la sorpresa para el tal Abel, ¡desgraciado! En la oscuridad no alcanzó a ver el gancho de fierro que se le vino encima de la cabeza. Ahí quedé trabajando hasta dejar los sacos listos con todo trozado, pero no puedo llevarlos a la chanchera inmediatamente porque sospecharían los viejos que todavía andan cerrando portones y trancas. 
   Temprano me levanto ensillo mi alazán, ordeno a Jerónimo y a Venancio que me acompañen con las carretas al pueblo. Pedro ya tiene baldeado los pisos de la carnicería, al vernos reclama porque llegamos tan temprano, ¡todavía no llegan los otros muchachos don Anselmo!
   —No importa Pedrito, yo le ayudo. —le digo. —: Abro la cámara de refrigeración, que permanece con llave, y acarreo mis sacos especiales y los acomodo en un rincón con bastante hielo encima, Pedrito acarrea el resto y los cuelga en los ganchos. Cierro con llave sin antes advertirles que no saquen nada hasta que yo vuelva y regresamos al fundo.
   Ocho días después aviso a don Clemente que voy a la carnicería del pueblo, por los recortes de huesos y sobrantes, para darles una buena llenada a los cerdos que en unos días se irán con los compradores.
   —Que vaya Serafín, hijo, ya es tarde —dice con su lengua traposa.
   —No papá, no se preocupe si vuelvo “al tiro”, llevo al cabro chico conmigo —respondo y pienso—: “me salió del alma decirle: Papá”. —: Alcanzo a ver una mirada escrutadora en la cara de don Clemente al escuchar lo que tanto quería, ya no tengo miedo.
Salimos al trote, el camino se hizo cortito. En dos horas ya estamos de vuelta con un par de sacos con huesos que vaciamos en la chanchera y que los cerdos insaciables dan buena cuenta de ellos. Escucho la voz de mi papá desde el ventanal.
   —¿Volviste hijo?, el mate caliente te espera —dice.
   —Me lavo y subo papá, no demoro. —contesto.
                                                                         
Los ladridos de los perros rompen con impaciencia el amanecer, mi padre me despierta aporreando la pared con su bastón:
   —¡Apura hijo, apura, es la policía, en qué andarán! —dice nervioso.
   —Calma papá, calma no se agite, ya veremos —le digo.
Empujo su silla de ruedas a la galería donde mi madre ya está asomada.
   —Buenos días sargento, ¿qué se le ofrece? —me obliga a preguntar mi padre, trago saliva, menos mal me salió un buen vozarrón.
  —Don Clemente disculpe, ahora vinimos por trabajo. La mujer del caserío de las verduras denunció que su marido, Abel Huerta ha desaparecido. —responde y sigue—: como tiene negocios con usted creemos que puede darnos alguna pista, pero no se ofenda son preguntas de rutina.
   Mi padre nos mira.
   —¿Ustedes qué saben? ¿Tú, Elcira? Y ¿Tú Anselmo? —pregunta curioso.
   —No ha venido por acá, quedamos sin las verduras —responde mi madre, afligida.
   —Tampoco lo he visto papá, hace días que no cumple con el trato ese “Comerciante”  —señalo.
  —Con su permiso don Clemente, pero es mi deber echar un vistazo.
   Ordena a sus hombres examinen el lugar, mientras camina a las bodegas, observa y se admira de tanto trabajo, a la pasada mira los cerdos gordos, casi cuadrados.
   —¡Oh qué hermosos animales! —dice adulador. (Seguro querrá llevarse lo habitual).
   —Si mi sargento, treinta cerdos llenitos, en unos días se los llevan. —agrego, con mirada inocente y una inevitable sonrisa, misteriosa, en mi boca.
  —Dicen que el tal don Abel huyó con su amante, no era de los trigos muy limpios ese gallo, a la cárcel entra y sale. —dice el sargento.
Siento un murmullo y un golpe seco detrás de mí, miro y encuentro a mi madre en el suelo.

El tiempo pasa y las verduras se necesitan. Con mi madre salimos en dirección a la casa del “Comerciante” a buscar las verduras con la carreta, —“cosa rara”, — pienso, si puede ir el Jacinto. A lo mejor quiere ver con sus propios ojos que  Abel, ya no está, se ve muy desmejorada, más encima el día nublado. Llegamos al otro lado del río. La mujer despacha nuestro pedido mientras comenta, que su marido no aparece, lo más seguro que se fue con la otra, si dicen que tenía un hijo con ella.  ¡El muy sinvergüenza! Seis años alcanzamos a vivir juntos, no alcancé a conocerlo bien.  
   Mientras doy vuelta la carreta mi madre se adelanta por la huella, le grito que me espere, pero desaparece. Guío los bueyes hasta la entrada del puente y a mi madre no la veo, miro el camino de subida, nada. Con la garrocha, sin querer, engancho unas matas de betarragas que ruedan y caen al rio, las sigo con la mirada, mis ojos se abren como platos.
¡Mi madre! Allá abajo junto a las rocas con su cuerpo boca abajo sumido en el agua…




FIN.


Temuco-04-05-2019-
CHILE


Aquí sin soles


Aquí sin soles            

Por: María Emilia Fuentes Burgos.

Aquí en fulgores boscosos
enmarañado por efusivos abrazos,
apretujado, sumergido en amistosas despedidas
percibo lejanos follajes azotados.
¡Desbrozados sueños longevos, por robustos brazos!
Angustiado del destino trazado, acecho…
Cercanos y pesados filos de cuerpos metálicos
abollan a golpes y sacudidas pieles rugosas.

De semilla divisé el sol, allá, muy alto,
trepando irrumpí con brazo frenético
sobre mis hermanos.
¡¡Casi lo he tocado!!
Sólo un sueño baladí.
Aquí sin soles besando el suelo
fraccionado cuerpo tumbado a la vera,
invitando a servirse de mi cuerpo…
¡¡Asumido al fin descanso!!


Temuco 25/10/2014.
CHILE.


Espero con desespero

Como alma en pena y el corazón contrito
sentada en amargura helándome entera,
vislumbro aquella que con certero
golpe, hirió mi alma y mi vida buena.

Al desplegar su mano con total ignorancia  
encontró en él real atracción,
inocente ilusión al entrar en su senda
con ternezas que penetraron su corazón.

¡Me pertenece! ¡Su amor me aniquila!
Desgarra mi ser, pero lo comparto.
Agraciada y joven mujer apasionada
yo enamorada y joven no tanto.

¿Lo quieres?
¡Mas, yo lo amo tanto!

Océano de belleza suma
dulzura de mi encanto,
honestos ojos de mirada seductora,
dorados cabellos de maíz en el ocaso.

Trasparente amor en aguas cristalinas
palabra alba de ecos temblorosos,
savia refinada corriendo en éstas venas
besos sabios, bañados de remotos.

De nostalgias mis atardeceres fríos, colmados,
enmarañados en odios de sendas fallidas,
cansada, desvalida y pregonando…
Noches de pasiones compartidas.

Lágrimas sumisas hacen atajos
que se deslizan suave en travesía al mar,
todas unidas haciendo eco
repiqueteo eterno de dichas y cariños de sal.

Inexorable el tiempo baña su alma
y yo espero con desespero.
Amor secreto que lo alboroza…
¡Yo enamorada y lo amo tanto!                    




Temuco/2013-11-11.
CHILE.


LIMPIEZA DE TRIGO- COSAS DE NACHITO.


LIMPIEZA DE TRIGO-    COSAS DE NACHITO.   (Relato corto)
Por: María Emilia Fuentes Burgos.

Allá por el galpón de la vieja hacienda, Nachito y su abuela Elcira  apaleaban los vellones de lana, labor que requería mucho esfuerzo.
Anda Nachito a ver a tu tío Serafín dile que venga a ayudar, falta mucho para dejar reluciente esta lana.
—Abuelita, abuelita, mi tío Serafín hace rato pasó por la vereda y se metió a la bodega del trigo de la mano de la Herminia. Le decía que era entretenido limpiar el trigo. Los seguí para decirle que lo más urgente, como usted dijo, era preparar la lana, pero el portón estaba cerrada.
Abuelita, será tonto mi tío, repetía y repetía:
   ¡QUÉ RICO!  ¡Qué rico! —Mire usté, que tanto le va a gustar limpiar trigo.
También decía: que faltaba poco, ¡será bien tontorrón!, si la bodega está llena de trigo. ¡EL DÍA DEL NÍSPERO VA A TERMINAR!
La abuelita con resignación respondió:
   ¡Déjalo no más Nachito, de chico Serafín era re-tonto, pero a esta fecha habrá madurado y le habrá tomado gusto al trabajo!



Temuco/ 2019-04-06.
CHILE.




INOCENCIA- COSAS DE NACHITO. (Relato corto)


INOCENCIA-  COSAS DE NACHITO. (Relato corto)   
Por: María Emilia Fuentes Burgos


La abuela Elcira con sus hijas Rosa y Rosenda, trabajaban cabeza gacha en la cosecha de legumbres, ya el hijo mayor Horacio estaba cansado y andaba pateando la perra, muy malhumorado. La abuela miraba para todas partes y no veía a Nachito desde la mañana.
   —Rosa has visto a Nachito. —preguntó.
   —No mamá, no he visto ese cabro hace mucho rato. —responde.
   —¿Benaiga donde andará?
Llegó el atardecer y ya la gente terminó con su labor del día y se empezaron a retirar hacia las casas.
De lejos vieron a Nachito correr hacia ellos.
   —Abuelita, abuelita no me dejen, estoy muy cansado y tengo un hambre tan grande que me comería un buey.
   —¡Pero hijito, donde andabas, por Dios!
  —Allá, pues abuelita, en la punta del cerro, pero ya me entumí y tengo hambre entonces bajé, pero que no me pille mi tío Horacio, por favor.
   —Él ya se fue, ¿qué andabas haciendo?
   —Cuando le corté de raíz la tusa al caballo y se me dio vuelta el balde de la leche, se enojó y me gritó:
   ¡Sale para allá que no sirves para nada! ¡Ándate mejor a la punta del cerro cabro de miéchica! —, ay abuelita, para allá rajé corriendo antes que me alcanzara y ¡allá estaba!, pero… ¿No me dijo hasta cuándo?


Temuco/ 2019-04-06
CHILE.