jueves, 25 de octubre de 2018


Dos luceros.
Autora: María Emilia Fuentes Burgos.


Espero en el horizonte, esos dos luceros

¡Me gocen!

Lento, su mirar candente

me bañen con todo su amor.

Despojaré al sol, del calor soberano

y feliz permitiré, retoce

en mi cuerpo embriagado

por esos morunos ojos, que radiantes

se fundirán consumando amor.

Preservaré tu mirada ardiente    

en mi inocente vientre

y soñaré con dulce fragancia

en valiosa espera...

Anidando capullo amado

como consecuencia

de esos dos luceros

impregnados de seducción.




CHILE.

2015-05-17.


Amanda.
Autor: María Emilia Fuentes Burgos.      

Aquí sentado en la fría roca
donde siempre gimen tus lamentos,  
el pausar rebelde de las olas
golpea y sacude mis tormentos.

Dejarte ir esa tarde lejana
sujeto a otros ojos morunos,
devenir clavado en mis entrañas
de otoños cansinos e inciertos.

Envuelto en sonriente primavera 
cegado en el vaivén del destino              
vilezas trastocaron mi vera.          
Añeja voz aduló mi oído.                

Dulce acude tu recuerdo, Amanda, 
mi corazón roto vibra manso,               
unido al eterno amor en mi alma.     
¡Contigo, prometedor destino! 

          
Chile-

 2018-05-17
 

Su nobre nadie conocía.

Su nombre nadie conocía.
Autora: María Emilia Fuentes Burgos.

Al clarear el alba con frío o con lluvia
pasaba por mi puerta, una sombra lanuda, 
temiendo ser visto con paso ligero  
jadeando desaparecía.
Pelo mojado, cabeza sometida, su Nombre nadie conocía…
Esperé emocionada el clarear del alba, 
correr el velo del misterio quería
la sombra, en lontananza surgió,
su fuerte resuello más y más cerca sentía,
con ojos vidriosos, desfallecido en mi puerta, derrumbó. 
Sucio pelaje, patitas heridas,
dando su último suspiro.
Moría, su mirada lo dijo…, siguiendo a su amo
que ya, de este mundo se había marchado.
Perrito lanudo cuyo Nombre nadie sabía,
sin importar distancias al sepulcro de su amo corría,
al amanecer, en busca de comida salía.
¡Tierna raza canina, de sus amos siempre prendados!
Amigos fieles es el don que Dios les ha dado.

Al amanecer de todos los días
en mi puerta una Luz, habita.
Ángel lanudo ojitos de estrella
cabecita erguida largas orejas,
lengüita humedecida jadeante de alegría
colita peluda, mueve ligera,
al compás de su ardiente corazón,
recordándome que existen más,
perritos sin Nombre
¡Viviendo en esta situación!


CHILE.
2011-07-25.







El niño grita por la Paz.

El niño grita por la Paz
AUTORA: María Emilia Fuentes Burgos.


El niño grita, por la paz entre los hombres
Los hombres sufren,  por encontrar la paz
El indio lanza  la paz, entre los pueblos
Los pueblos buscan, la Paz entre hermanos
Los hermanos suplican, por la Paz del mundo
El mundo gira llevando la Paz en sus sueños
Sueña la esposa, en Paz dormir
Duerme el soldado anhelando volver al país en Paz
Por Paz y Paz eterna la madre implora con fe.

Se unen los países consolidando la paz
¡La niña canta paladeando la Paz!
¡Los odios se  retiran en Paz!
La Bandera  flamea con orgullo sus colores en Paz
¡¡¡Vivamos la Paz!!!


Chile.



2011/03/29.


                 

viernes, 19 de octubre de 2018

ARRULLO EN INCLEMENTE REALIDAD











ARRULLO EN INCLEMENTE REALIDAD
Autora: María Emilia Fuentes Burgos. 



Brinca, en tres patas, entre provocadores y ágiles gomas, asustado babeando, distingue de soslayo enormes y silbantes ruedas que acechan maliciosas estrujarlo.
Él, escudriña el horizonte cabizbajo, anhela la noche asome luego con su oscuro manto y en esa lobreguez proteger su débil cuerpo magullado, ya no importa su vientre aúlle atormentado.
De aguaceros e inviernos sabe mucho, avizora, ya de lejos los presiente, en busca de algún techo sale presto que pueda cobijarlo y dar sustento.
Los mendigos, son arrullo a sus silencios y los niños balancean sus quimeras, mas, él que otrora con bálsamos exclusivos lo bañara…
¡No se ve, no iluminas sus mañanas!
¡Tesoro! ¡Tesorito, pichicho querido!  Aún retumba zalamera voz en sus oídos.
A cada paso se pierde ese canto acariciante en el olvido.
Arrastra suave su bagaje por tupidos matorrales y hondonadas.
Protegiendo su alma herida, de acosadores necios.
¡Sus semejantes que ahora tienen dueños! Y… ¡Lo increpan! ¡Y lo corren!
¿Ese orgullo, acaso es eterno?
Sueñen, sueñen, ilusos…, que, a dueño muerto, difícil encontrar mano con alimento.

Baja el sol por la quebrada de ese cuerpo abreviado.
Abraza la esperanza, que lo ha librado de muchas más calamidades,
se deja reposar en ocres pastizales y bebe al fin las aguas corrientes debajo de aquel puente cobijador.
Se oye el débil crujir de la hojarasca, dos ojillos halagüeños se perciben y una humedad larga y áspera lo salpica juguetona, lo acaricia y arrima su pelaje juvenil junto al suyo.

¡Luce el sol sus rayos más ardientes y en locura fragante la senda resplandece!
Dos figuras, sin rumbo, en el ocaso se recortan en el horizonte.
A paso lento la tarde los envuelve, presurosos corren tras un próximo destino,
¡Ya unidos abrazados en confianza la complicidad ha hecho presa totalmente de sus vidas!



CHILE.                                                        





jueves, 18 de octubre de 2018

AFAMADA PRODUCTORA









AFAMADA PRODUCTORA
Autora: María Emilia Fuentes Burgos.


El trabajo terminó con el último informe editado; mis colegas ya se despedían con un movimiento de manos y un ligero: “Hasta mañana” don Francisco, un hasta mañana del que nunca se está seguro, ya que puede desaparecer de un sólo plumazo.
   Salí al corredor y encontré a la bella Tamara apoyada en uno de los pilares con ese par de ojos negros seductores que derretían. ¡Verdadera panterita! Próximo a cumplir cuarenta años, me creía con “derecho” a mantener esa relación nociva, desde hacía veinte meses ya, no podía negarme, ¡era tan linda!
    Seducido por sus curvas, mini falda, corpiño ceñido y boquita pintada, pero además de eso, dotada de gran inteligencia, cualidad que usaba para hacerla mi “brazo derecho” y  aseguraba mi efectividad en el trabajo, por lo tanto, más frutos para la empresa.     
   En ocasiones Tamara exigía hablara con Carlota, mi esposa para la separación, pero me negaba rotundamente, no pensaba destruir mi matrimonio.
   Mi gatita hoy no saldremos —le dije, (aunque era mi cumpleaños) no me sentía bien después de recibir los peores insultos de parte de dos colegas despedidos por “reducción de personal”, necesitaba reflexionar.
   Tamara inmovilizó mi brazo camino al estacionamiento, con un movimiento pícaro. De pronto aparece Ramón, un colega amigo que se derretía por Tamara y ella ni lo miraba, eso creía yo y bueno…, Ramón me pidió lo llevara a su casa, logró convencerme y subimos los tres a mi auto, tomó las llaves y se sentó al volante, como muchas veces lo había hecho. Partimos en dirección a la carretera. El tiempo había cambiado y oscureció luego, Tamara agarradita de mí con besos que iban y venían bien enjundiosos, cosa rara, siempre se taimaba cuando no salíamos a comer, pero, me dejé querer por ese bombón exquisito.
   Ramón no paraba de hablar, tenía las últimas noticias y había escuchado sin querer, que el gerente iba a premiar con un grado a varios productores por la excelencia de su trabajo y yo estaba nominado, casi no oía entre las caricias de mi primor. Di un salto.
   ¡No puede ser! comenté, si hace seis meses ya me habían entregado uno. ¿Otro más? —y bueno…, inquieto los miré. No demostraban envidia por no recibir grado, se veían tan tranquilos.
   De soslayo miré sus caras y vislumbré algo que no me gustó, un mohín de burla y complicidad dibujaba sus rostros.
Mi auto que corría alocado por la carretera de pronto comenzó a dar unos saltitos.  
   ¡Gasolina, falta gasolina! gritó Ramón.
   No era posible, había llenado en la mañana el tanque de combustible.  
   Felizmente Ramón alcanzó la berma, era un sector aislado y faltaba todavía bastante  hasta la casa de Tamara; se atisbaban muy lejos, luces pequeñitas. Quedamos sin saber qué hacer, a oscuras consumida la batería ¡Cosa rara también! Definitivamente, ¡no era mi día!
   Mi amigo bajó del auto y escrutó los alrededores, se volvió haciendo guiños y señaló la quebrada, allá en el fondo se divisaba una luz intermitente.
    ¡Algo es algo!dijo Ramón.
   Tamara tiritaba a mi lado sin soltar mi mano. Comenzar el descenso ya mojados por la llovizna se hacía difícil y resbaloso el caminar. 
   Un haz de luz rompió la noche por unos segundos y dije: 
   ¡Miren, agáchense, por Dios! ¿Qué fue eso?
   Tamara cayó a tierra con un alarido suspendido en esa negrura y yo me mordí la lengua para no hacer lo mismo. Ramón con voz trémula susurraba que la luz salió del fondo de la quebrada. Ahí estuvimos agazapados; levanté mi mano para tocar a Tamara ¡Virgen Santa!, mis manos resbalaban por su cuerpo lodoso.
   Con las manos unidas seguimos dando pasos temblorosos en dirección a la luz intermitente. De pronto una explosión gigantesca rasgó la noche junto a una brillantez que duró segundos.
   ¡Un cañonazo!chilló Tamara y soltó mi mano, con gritos desgarradores su voz se perdió más y más.
   ¡Tamaraaa! llamé con voz tiritona, a pesar del miedo horrendo que penetraba mi cuerpo entumecido.
   Esa noche tenebrosa acabó con la vida de Tamara; Ramón me abrazó  sollozante en esa situación tan insólita y penosa. Estábamos en serios problemas, llegar a esas luces era la solución, debería haber gente por ahí. Algo aclaró el horizonte, miramos y allá abajo muchas luces de colores bailaban intermitentes.
   Dime, dime. ¿Qué es eso ahora Francisco? —preguntó Ramón.
   ¡No! Parecen luces de un platillo volador. —contesté rechinando los dientes.
   A esas alturas mis apuros intestinales apremiaban  y sin importarme para nada que estuviera mi amigo Ramón presente…  ¡Di rienda suelta ahí mismito!
   Fueron segundos y la oscuridad nuevamente envolvió sospechosa. Un escalofrío recorrió mis voluntades y comencé a tiritar entero, a dar diente con diente, un miedo espeluznante me invadió y mil imágenes empezaron a cruzar por mi mente, Carlota, mi Carlota, tanto que nos había costado formalizar nuestro compromiso con unos padres de difícil carácter, a pesar de todo eso nuestro amor triunfó y nos casamos, recordando velozmente juré mejorar mi vida si salía vivo, ¡Cambiaría!  ¡Oh Virgen Santa! Ayudaaa…
   ¡Cielo Santo! ¡Qué he hecho de mi vida! Tirano, muy tirano en el trabajo, abusador, exigente con mis colegas, con una relación escabrosa que no lleva a ninguna parte, indigno de mi hogar…
   ¡Sí, si cambiaría!  Daría otro rumbo a mi vida, sería un hombre fiel a Carlota y a mi familia, un hombre renovado, modificaría todo, todo. ¡No quiero morir!  ¡Virgen Santa, quiero otra oportunidad!  Y dando pasos apresurados traté de recobrar terreno de regreso, pero, el barro deslizaba mis intentos.
   Envuelto en esa locura  pensaba en Tamara, había desaparecido en ese terreno tan escabroso, la azabache noche la devoró, sí, sí, pensándolo bien, será mejor para mi vida.
   Sigamos —dijo Ramón y arrastró los pies con seguridad agarrado de mi brazo, vamos, vamos instaba y me empujaba.
   Ya emparejaba el terreno y una casona con nitidez se perfilaba contra la leve claridad, apuramos el paso, tanto que me extravié de Ramón. ¡Ramón! 
   Llegué a la casona en silencio sepulcral y con lo primero que tropecé fue con un elemento grande, ¿metal? ¡Sí era el metal de un cañón! Di unos pasos con los brazos estirados, palpé la madera de la casa luego por una ventana, los vidrios, luego otra.  ¡En un instante un resplandor gigantesco hirió mis ojos!

Se abrieron las puertas en una gritería colosal.
   ¡TODO ILUMINADO HASTA EL ÚLTIMO RINCÓN!
   ¡Mil felicidades Francisco, que sea un cumple hermoso, jefecito!   
   ¡Carreras iban, carreras venían! Todos mis compañeros de trabajo me abrazaban, tiraban y palmoteaban mi espalda llenos de júbilo.
   Aplausos, gritos y exclamaciones especialmente de ¡Tamara y de Ramón!,  que abrazados muy acaramelados e impecables reían a rabiar mostrando hasta el alma, acaparando toda mi atención, la vergüenza me abrumaba.
   ¡Ahí estaba yo! Cual pollo desplumado, en medio del vestíbulo con toda esa gente alrededor; lágrimas ardientes me hicieron recordar que: ¡Trabajaba en una PRODUCTORA DE EVENTOS ESPECIALES, para empresas y particulares! 
   Salí al trote con mis canillas endebles, sumido en la más completa impotencia, sin rumbo abriéndome paso entre docenas de estúpidos tramoyistas, especialistas en iluminación y efectos especiales.



FIN.


domingo, 16 de septiembre de 2018

LUZVENIA Y SU SOBRINA












LUZVENIA Y SU SOBRINA 
Autora: María Emilia Fuentes Burgos.

Con las primeras luces del alba me despierto y de inmediato mi  brazo cae hacia el costado, me seduce deslizar mi mano por el lugar vacío de la cama, lentamente recorro las sábanas frías donde una vez durmió Ramón, me complace  repasar la acción, el vacío da goce a mi mente. Calzo mis zapatillas de lana y me encamino a la puerta. Ya es un nuevo día, aparte de la radio que suena bajito solamente se oyen los sollozos de Lidia, (mi hijastra, pero ella me dice tía) ahogados por las ropas de su cama; nunca se atreve a llorar libremente, no consigue consuelo.  
   Empujo la puerta de su dormitorio:
   —¿Cómo amaneciste? —pregunto.
Lidia oculta la cabeza:
   —Continúe con sus trabajos tía Luzvenia, sigo con dolor de estómago, pero no se preocupe —responde.
   Desde hace un tiempo estoy viviendo en esta verde y  desolada propiedad lejos de la ciudad, solamente con Lidia, hija de Genaro mi primer marido. Ya nunca nos miramos de frente cuando cruzamos palabras, se tornó agria nuestra convivencia, se ve bastante desmejorada pero…, la sigo cuidando, ¡desayuno en la cama: huevos revueltos con hongos guisados! Doy media vuelta y salgo a prender el fuego.
   Luego, tomo la canasta y marcho a recoger los huevos y los hongos que se multiplican y tapizan el camino al bosque en las épocas de brotes, e inclusive más allá de los avellanos, terrenos prohibidos por estar repletos de hongos blancos hermosos, pero venenosos, hay que ser muy conocedora para recolectar, pero ahora los recojo sin pensar se acabó tanta precaución. Rápidamente lleno mi canasta con esas bellezas de tonalidades únicas, son para el desayuno de Lidia.


La vida de Luzvenia desde su nacimiento fue difícil. Con 17 años su padre la entregó en matrimonio a su amigo Genaro, su compañero de trabajo y parrandas, hombre mayor, viudo, tosco y amargado quien trajo a su pequeña hija Lidia a la casa de la hacienda, así Luzvenia pasó a ser la sirvienta de los tres. La mala suerte la perseguía ya que el casarse fue, como “salir de las llamas para caer en las brasas”, su padre alcohólico, ahora tenía con quien emborracharse. ¡Confabulados el par de viejos la agarraban con Luzvenia! Lidia en un rincón jugaba haciendo oídos sordos al alboroto, de vez en cuando recibía la estela de los escobazos dirigido a Luzvenia, los reproches iban y venían, su padre la culpaba por todo, hasta de la muerte de su esposa al darla a luz. Su esposo Genaro después de violentarla en la cama le reprochaba de no cuidar bien a Lidia, se confundían las insultos con los insistentes golpes. Luzvenia con odio surgido de sus entrañas murmuraba en su interior: “¡Un día todo será distinto!”.
   A pesar de tener el corazón endurecido lentamente aprendió a sentir ternura por la niña Lidia, de siete años, esa personita también estaba sola, cuidarla y amarla como a una hija fue su preocupación mayor.
    Empapada en sus labores domésticas y sin mucho cuestionarse en esa vida simple de campo, en que solamente se vive, ahí se veía a Luzvenia en un rincón de la cocina, inquieta gruñía segundas intenciones, afanada hervía hojas de variadas plantas y hierbas, menjunjes que guardaba en botellitas.
   Su vida cambió de súbito después del fallecimiento de su esposo y de su padre.
   Sucedió en el transcurso de una borrachera de los hombres, cansada, aburrida tomó la decisión y los convenció de ir a buscar otra botellita a la bodega más allá del puente, sin medir el grado de embriaguez ni la distancia del puente al río, ¿o sí? ¡Bastante grande!, ya en el puente peleándose la botella de licor con que remojaban la garganta sin más perdieron el equilibrio y abrazados se zambulleron en ese torrente de aguas negras. ¡Pobres diablos murieron en su ley!

La vida continuó para mí con esa paz que asoma resplandeciente después de largos y ensombrecidos tiempos. Aliviada, mi corazón se pintó con visos de ternura y encontré el amor en brazos de Ramón, un individuo de tierras nortinas que buscaba trabajo. Sin mucho trámite nos casamos muy enamorados y con la esperanza de tener una vida decente y tranquila. Lidia ya veinteañera trabajaba en la ciudad, pero decidió retirarse después que contraje matrimonio, alegando preocupación por mí y curiosidad por ese hombre desconocido.  
   Ramón, demostró ser un buen trabajador, se hizo responsable del campo ¡Al menos de eso! En breve las vecinas empezaron a murmurar sus amoríos con cuantas se le cruzaran, habladurías que llegaron a mis oídos y que con dolor de mi corazón me las “echaba a la espalda”. ¡Aparentemente!, para seguir con esa vida de hogar que siempre había soñado, pero mi mente ya estaba envenenada.      
   Al caminar por el bosque esa mañana el crujir de ramas de la espesa arboleda, me traslada a ese doloroso recuerdo; punzan en mis oídos todavía esos susurros, gemidos que rompían el silencio en esa maleza. Intrigada, acercándome sigilosa  y sin poder creerlo descubrí dos cuerpos unidos en loca pasión. Miré detenidamente y sentí mi corazón se paralizaba: “¿Lidia? ¿Ramón?”, ¡no puede ser!, quise la tierra me tragara, sentí la sangre como puñetazo en mi cara, mi Lidia, mi Ramón…, y regresé a casa tambaleante con el corazón destrozado, una caldera en ebullición era poco, celos desbocados royendo mi alma, con la traición atravesada en mi garganta y el orgullo pellizcando mi ser, desde ese instante comencé a vivir un infierno, noches en blanco de tortura en cada minuto al sentir su cuerpo tibio y su respiración a mi lado, acechaba de día cada segundo siendo testigo de miradas cómplices.
   Lidia suspicaz comenzó a mimarme, colaborando en el trabajo:
   —Tía, de la comida me encargaré yo y lo principal, ¡el desayuno!  
   Se apresuraba en salir por los hongos, huevos, verduras que traía con prontitud, grandes cantidades de esas deliciosas maravillas desbordaban el canasto. Yo separaba las venenosas con mirada atenta, mientras mi cabeza bullía con negros pensamientos.
   La tensión era grande, insufrible y pronto caí a la cama; con aguas de hierbas y con el desayuno: té y hongos guisados  que me servía Lidia permanecía hasta la noche, debilitada me consumía lentamente. Ramón desconcertado caía de rodillas abatido por las circunstancias, pero yo no creía en sus palabras, menos las de amor, mi mundo ya estaba deshecho.

Esa mañana fue diferente, nada anunciaba el desastre que se cernía sobre las cabezas de los habitantes de la casa y que sin embargo traía consigo la liberación. Deprimida y cansada, pero decidida, Luzvenia con gran esfuerzo se dirigió a la cocina, inmediatamente vio sobre el mesón la canasta llena con hongos, las escrutó y llamó a Lidia.
   —¿De dónde son estos hongos? —preguntó, al verlos tan grandes y blancos, sospechosos.
   —Son especialmente para usted tía, las encontramos con Ramón, más allá de los avellanos. —responde Lidia.  
   Luzvenia, abatida, inmersa en sus pensamientos, los elige. Haciendo esfuerzos titánicos que arañaban sus entrañas, comienza la preparación del desayuno. Con humeante pan recién horneado y varios huevos en una sartén Luzvenia sigue abstraída en el lento girar de la cuchara que mezcla esos hongos aromáticos que todo impregnan con su olor tan característico. En segundos da rienda suelta a sus negros pensamientos abrigados por tanto tiempo y que han mellado su alma, con audacia sin pensarlo dos veces rebosa un plato y lo desliza en una bandeja, se acerca a la mesa del ventanal y se instala a esperar…, un rechinar de la puerta y aparece Ramón que da un brinco de sorpresa al verla ahí, de pie.  
   —¿No me digas que vas a tomar desayuno con nosotros y qué tremendo plato tienes? ¡Este grande es para mí! —dice y se lo arrebata.
   Ella callada, lo deja. Ramón toma el plato y de grandes bocados engulle todo rápidamente y pide más.

Su cara sufrida  ha tenido un vuelco, Luzvenia mira en el espejo que a sus mejillas han regresado los colores que abrillantan sus ojos dejando ver en el fondo un halo misterioso muy especial, en tres meses se ha recuperado. ¡Luzvenia ha vuelto a la vida! Está tranquila con esa tranquilidad de quién nada tiene que temer. La policía revisó hasta el último rincón sin encontrar nada sospechoso que hubiese provocado la muerte de Ramón.
   ¡Era tan glotón su esposo!
   ¿Y Lidia…?

Luzvenia tiene tantas ganas de vivir sola y ser feliz.


Fin.


CHILE.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Pablo Neruda (La Sebastiana/Chile)


ADOLESCENCIA... CON NUEVOS SOLES







ADOLESCENCIA... CON NUEVOS SOLES   
Autora: María Emilia Fuentes Burgos.

En el torrente de sus sentimientos inmersa, cual luciérnaga acobardada en luz-día,  atropellada por palabras hirientes de aquel amor que sin consideración arremetió.
   Mezclada en bruma sorda, permanece largamente dubitativa.
   ¿Qué confusión ha apartado el sueño maravilloso vivido en un soplo?
   ¿Dónde quedó la inocencia?
   ¿Cómo se ha cubierto el suelo de hojarasca sin arreciar el viento?
   ¡Se ha esfumado la alegría de su juventud de un plumazo!
   Elegida entre muchas; compitiendo con magníficas mujeres.
   Sin belleza… ¡Con sólo el aroma de la flor recién cortada entre sus ropajes!

Por dar prisa a sus sueños encaminó sus pasos dejando todo y  enarboló su néctar con los ojos cerrados, sin medir consecuencias. Fugazmente vio tras el nublado cristal estrellarse  con ese corazón ataviado de quimeras, palpitante de pasión, que la esperaba y que con sus  encantos de galán dejó vacío su equipaje.
La savia extinguió…

Se aleja en el tren de los suspiros calzando su bagaje, a refugiarse en tranquilas realidades con sus truncadas alas cargadas de experiencias y un seducido corazón que sordo, no atesora voluntades.
  
Bajo sus ropajes oculta su abultado vientre… ¡Con la esperanza de nuevos soles!


Fin.



CHILE.


sábado, 25 de agosto de 2018

DESCONSOLADAS (Relato en 100 palabras)






DESCONSOLADAS    (Relato en 100 palabras)
Autora: María Emilia Fuentes Burgos.

Tres hermanas viudas muy viejitas, vivían juntas; con sus deditos torcidos, no podían coser. Para sujetar sus ropas lo hacían con prendedores (imperdibles). Por costumbre a mediodía caminaban al cementerio con flores para sus maridos.   
Un día, se retrasaron. Una abuelita gritaba enredando sus refajos, sus hermanas discutían buscando desconsoladas, con los calzones a la rodilla y protestando a todo pulmón:
   ¿Dónde se habrá metido ese desgraciado?, siempre está presente, ¡¡¡porque sabe que cuando nos levantamos es indispensable!!! Ahora que lo necesitamos desaparece.  ¡Virgen Santa! las tres a coro.

Mientras “los alfileres de ganchos”, se reían agazapados en un rincón.


Fin.


CHILE.

CAMINO A LA CUEVA (Relato en 100 palabras)


Camino a la cueva     (Relato de 100 palabras)

Autora: María Emilia Fuentes Burgos.


 Enriqueta, mi novia, preparó una comida de cumpleaños, que eludí por “trabajo”; primero celebrar con Victoria: despampanante rubia que me tenía sorbido el seso, por el momento; por mi dinero quería casarse, yo no.
   Después de apasionada cita regresamos oscuro por camino desconocido, nadie se divisaba, en el recodo Victoria dijo, sé dónde vamos, tomó mi mano, bien pegadita a mí indicaba el camino hacia las luces del fondo.
   ¿Olores hogareños, comida?    
   Focos centelleantes me cegaron, risas, aplausos…
¡Enriqueta y mi familia en la puerta del restaurant “La Cueva”!, esperando y Victoria en mi oído: ¡Caíste en la trampa, imbécil!



Fin.


CHILE.


CALOR SOFOCANTE (Relato en 100 palabras)







CALOR SOFOCANTE

Autora: María Emilia Fuentes Burgos.

En mi casa, donde estaba tranquilo reposando, llegó Roberto, a empujones me sacó para llevarme por primera vez a una fiesta.
   La celebración era grandiosa, todos con  sonrisas me recibieron, junto a Roberto fui saludando a todos en forma metódica, grupos atestados de jóvenes que ya no bailaron.
   Con sus ojos puestos en mí detenidamente empecé a sonrojarme y las muchachas hermosas me acariciaban completito, me sacudían para que exhibiera  el trasero, mi amigo movía sus dedos para tranquilizarme.
El sonido agudo martillaba mi cuerpo, no aguantaba el calor sofocante, Roberto vino en mi auxilio
  -Se recalentó la batería -escuché.



Fin.


CHILE.